"La voluntad nacional es una de las palabras de las que los intrigantes de todos los tiempos y los déspotas de todas las épocas han abusado más. Unos han visto su expresión en los sufragios comprados por algunos agentes del poder; otros en los votos de una minoría interesada o temerosa, y los hay, incluso, que la han percibido plenamente formulada en el silencio de los pueblos y han deducido que del hecho de la obediencia nacía para ellos el derecho de mando"

A.Tocqueville, "La Democracia en América"

sábado, junio 06, 2009

Yes, we can... go to the beach


Confieso que apenas he seguido esta campaña electoral, me han llegado ecos, rebuznos, y cacaofonías, pero vaya por delante que no ha sido culpa mía. Mi natural espíritu investigador me pedía volver a observar con el asombro del entolomólogo las evoluciones de estos curiosos especímenes, que hilan sus vanidades y prebendas con la misma fruición con la que aseguran su futuro.

Pero mi psiquiatra me lo ha prohibido terminantemente.

Ni seguimiento, ni mucho menos perpetración alguna de entrada o crónica diaria de campaña, como ya hice en la anterior campaña de las generales de 2008 en otro difunto blog.

Los síntomas de mi trastorno se agudizan peligrosamente. Lo sé; lo reconozco. Ya no robo saleros en los restaurantes, demente colección que amenaza con desbordarme, sino que me he convertido en un auténtico cleptómano. Por otra parte me demoro inútilmente contando objetos sin interés, ejecuto extraños rituales antes de abordar nada, como por ejemplo alinear la silla de mi despacho exactamente con las líneas de suelo, tarea que me cuesta horrores y que mido con disparatada precisión, o cambiar absurdamente y con frenético interés, los libros de mi biblioteca, intentando encontrar alguna combinación cabalística que asegure alguna armonía que desconozco, o despierte a un dormido golem hecho de cartón y papel: Samsa esperando en el paredón de fusilamiento, recordando el hielo que el coronel Aureliano Buendía fabricó en un lugar de la Mancha, justo el día en que ella, Lolita, la nínfula perfecta, miraba con malicia a un atribulado Dorian Grey, que intentaba ocultar la abyección del crimen cometido, una vieja usurera, en un subsuelo infestado por cronopios, como un jugador oculta su ruina. Pensamientos que me invaden, y me fagocitan.

Sé que todo ello no es normal.

Mi psiquiatra dice que es una especie de válvula de escape de mi psique. Mi psiquiatra siempre dice “psique”, y no “mente”, o “inconsciente”, o “mollera”, o “sesera”, o “entendimiento”… también tiene una irrefrenable tendencia a salpicar sus frases con la palabra “atávico”: miedo atávico, fijación atávica, deseo atávico, pensamientos atávicos, incluso turbación atávica, cuyo significado ignoro por completo. Asegura que mi lívido busca de manera inconsciente la satisfacción de deseos reprimidos, y por supuesto atávicos, escenificados de forma histérica en mis obsesiones y manías. Que siento envidia de los políticos, de su querencia por la exhibición, por la adulación de multitudes idiotas, por el inusitado interés que provocan palabras vacías, o completamente cretinas. Dice que en el fondo deseo ser como ellos. La represión actúa en forma de crítica implacable, débil barricada que apenas puede ocultar la verdad. Y que el horror que me provoca semejante posibilidad hace que aparezcan esos síntomas. Los síntomas son cada vez más evidentes, y según mi psiquiatra, mi deseo también.

Mi psiquiatra es un imbécil; un imbécil atávico.

¿Cómo puede asegurar algo así? ¿No puedo padecer como todo el mundo un Edipo vulgar? Amo a mi madre, odio a mi padre y mi superyó reprime ese deseo haciendo de mi alguien con un comportamiento social aceptable. Pues no. Resulta que mi inquina manifiesta hacia los políticos, mayormente españoles, es el fruto de mi secreta aspiración a ser como ellos, a ser uno de ellos.

No, no es cierto – me digo-, cómo podría serlo, como podría anhelar decir estupideces histórico-planetarias (¡Atención Planeta Tierra, atención!) ante poderosos sin que éstos osen reírse; o darme un baño de multitudes con un traje completamente nuevo, mientras mis acólitos claman como autómatas agitando banderitas a la hora de la conexión televisiva; o hacer profundos análisis ético-biológicos sin que se me estropeen las mechas; o fumarme los brotes verdes como si fueran marihuana; o dedicarme a la video-agitación subvencionada a costa del contribuyente; o pilotar un Falcon nuevecito para ir al circo; o ejercer de Gran Padrino para favorecer a mis allegados nepotes; ocultar secretos bajo capas de comisiones hábilmente gestionadas; hacer de la retórica, de la nulidad, un recurso….

Cómo podría, me digo. Pero quizá un secreto deseo anide en mí. Y así debe ser, puesto que la minuta del psiquiatra me cuesta una pasta. Brujas, como Macbeth, o psiquiatras, al cabo son lo mismo.

Me miro en el espejo y me pregunto quién soy.

-Quizá me reinvente todos los días –pienso-, y elabore con precisión una máscara que vele mi identidad. Quizá no soy tan diferente, y lo que intente no sea sino huir de mi mismo.

Tumbado en un diván, y frente a una reproducción de un cuadro de Paul Klee, discutimos:

-Hay que afrontar la realidad –me dice mi psiquiatra-. Aceptar y reconocer esos deseos reprimidos es el primer paso para la curación.

-Y una mierda –respondo-. Yo no estoy enfermo.

-¿Cómo que no? Usted padece un cuadro clásico de Trastorno Obsesivo Compulsivo. No puede negarlo, en realidad lo que usted intenta ahora es transmutar todo ello en una suerte de miedo atávico.

-Me gustan los atavismos, qué pasa, cuando era más joven me liaba un canuto de atavismos y me lo fumaba entre risas… No he dicho que no me pasara nada… simplemente le digo que no estoy enfermo.

-Sí lo está

-Le digo que no

Mi psiquiatra me ha recomendado una solución de compromiso:

-Olvídelos –me dijo-. Aunque sólo sea por un tiempo. Este domingo, por ejemplo, márchese a la playa, y piense que no son nadie.

-Como si no me afectaran

-Eso es. Como si estuviera a salvo de todos ellos.

-En realidad es lo que debería hacer. No tengo que justificarme ante nadie, y menos ante ellos, o ante la tribu de opinantes que hablan de no sé qué deber ciudadano cuando hay elecciones.

-Más o menos

-Como Omar Jayyam…

-¿Omar Jayyam?

-Oh, un tipo nada atávico. Le gustaba el vino, las mujeres, las matemáticas y la poesía… Intentaba refugiarse en todo eso

-Eh… Creo que la visita ha terminado… pida hora para la semana que viene.


De manera que eso es lo que haré mañana domingo. Ignoro cuanta gente hará lo mismo, personalmente pienso que no se merecen siquiera que los utilicemos como excusa.

El lunes seguiré preso de mis filias, mis fobias, mis manías. Seguiré escribiendo de manera compulsiva, irritando a mis amigos, que opinan que debería hacer ya algo de una puñetera vez con todo eso que voy almacenado en un disco duro, pero qué voy a hacer si sólo es un recurso de locura.

Lo único que siento es no vivir en California. Vivo a orillas de Mediterráneo, que tampoco está nada mal, pero no podré ver a una hora decente el segundo partido de las finales de la NBA. Ver como mi equipo de toda la vida, los Lakers, logran ganar –seguro- el segundo partido y acariciar ese decimoquinto título de la NBA (a sólo dos de los Celtics). Ver a la mamba negra ametrallar el aro rival, y a su compañero inseparable, un chaval de Sant Boi que hasta hace unos años también veía los partidos de la NBA por la tele, como yo.

Allí, en Los Angeles, no dicen tonterías del tipo: Yes, we can, sino Go, Lakers go, y lo dicen tipos como Jack Nicholson, cuyo médico personal debe ser el conservador de la momia de Lenin, siempre está igual, sentado en primera fila, con sus gafas negras y su novia de turno, el jueves le volví a ver.

El lunes, después de un día de playa, buscaré en los diarios digitales el resultado de ese partido. Lo demás… caerá en el olvido, como todo.

viernes, mayo 29, 2009

Estos somos









Con estos personajes es imposible hacer una epopeya. Nos movemos en la picaresca, pero sin gracia alguna. Necesitamos aire, gente nueva, y sentido del ridículo.

Y necesitamos, como respirar, un sueño.

Abramos las ventanas, que entre el aire y se lleve toda esta putrefacción.

Emigremos en espíritu a América.

martes, mayo 12, 2009

UNA DECIMA DE SEGUNDO

Había sido todo tan fácil. Pensar que el mundo estaba contenido en una décima de segundo, un universo infinito acotado por algo que éramos, casi, incapaces de percibir. Un instante lleno de posibilidades.

Y recorríamos noches enteras, escondiéndonos por los márgenes, persiguiendo instantes que sabíamos falsos, quemando con desesperación motas de tiempo que supimos que no eran nada, que podían romperse como burbujas, estallándote en la cara en una explosión de colores de plástico y risas. Y no nos importaba, porque la noche estaba llena de ellas, décimas de segundo que se nos escapaban de las manos sin importarnos. Una, y otra, y otra, y otra… todas eran iguales, y al mismo tiempo, distintas.

Entonces lo supimos, descubrimos sin que nadie nos lo dijera que el tiempo era un minúsculo punto que nada significaba. Ese instante de lucidez donde todo se confunde, pasado, futuro, presente infinito y eterno. Y el movimiento no era nada, sino un permanente estado de embriaguez, un carrusel de plenitud, una fermata suspendida en la nada. Siempre tuvimos aquel paraíso.

Algunos, simplemente, no creímos que fuera cierto, nos engañamos y sospechamos que todo aquello no fue sino un momento cegador y fulminante, un oropel que nos sedujo cuando nos creímos héroes. Nos quedamos con el recuerdo. Caímos presos del tiempo.

He acabado por acostumbrarme a su sabor. Amargo y suave. Aceptar que su calor letal recorra mis venas. Que me invada un falso bienestar. Cada día veo sus efectos en mi piel, en mis ojos, en mi mirada. Y sitúo con vergüenza todo aquello en un lugar de mi memoria. Como si fuera un hoja de papel leía y ajada. Que leo, arrugo y arrojo a la papelera para volver a desplegarla y leerla de nuevo, creyendo que así la hago mía. Eso es el tiempo. La prisión en la que algunos quisimos encerrarnos. Los recuerdos no son nada, humo, hojas arrugadas en la papelera que simulan llenar la vida.

Tú también llegaste a ser un recuerdo. Mientras recordábamos aquellos días, como si nos pertenecieran, nos preguntábamos qué sería de ti. La gente decía cosas, hablaban de monstruos, fantasmas y pozos negros que te acosaban. Pero seguías apareciendo, tu imagen, gastada –pero éramos nosotros, prisioneros del tiempo, quienes la veíamos gastada-, aparecía por televisión. Y nos decíamos, aún sigue ahí. Anclado en un presente inmóvil te veíamos como el punto de fuga de nuestras vidas. Y entonces volvíamos a creer que todo aquello pudo ser, y que quizá lo tuvimos en la mano y se nos escapó. Siempre hablábamos en pasado.

Te reías de nosotros. Nos decías que tú no habías caído en esa falacia, que a pesar de todo, a pesar de todo aquello que decían de ti, seguías poseyendo aquello que nosotros dejamos abandonado, el día que empezamos a creer que el tiempo era algo real.

Y ahora, como siempre, luchas contra gigantes, has entrado en un mundo descomunal, y ya no hay tiempo, quizá nunca lo hubo.

Y yo, que oigo hoy palabras incomprensibles que los demás gritan, retales de realidad que me niego a entender, salgo de mi autismo para volver a verte en un recuerdo, única cosa que ya me pertenece.

El resto es silencio…


sábado, abril 25, 2009

LECCIÓN

¿SERÁ CIERTO QUE LA LETRA CON SANGRE ENTRA?
Si es así, quizá los españoles aprendamos algo de economía, pero nos quedaremos desangrados, eso seguro. Yo creo que toda esta carnicería no servirá sino para insistir en las mentiras que los progres siguen profesando. Sostenella, no enmendalla.

domingo, abril 05, 2009

SANGRÍAS, SANGUIJUELAS Y MANTAS

Como los viejos médicos de hace doscientos años, pretendemos curar el tifus económico con sangrías, la viruela financiera con sanguijuelas y las fiebres inmobiliarias con mantas. Como es sabido, estos remedios que ya en su época eran más míticos que científicos, sólo acentuaron la muerte de miles de infelices crédulos que con fe se dejaron rematar por los matasanos de entonces. Pues nuestros economistas de relumbrón y políticos de sillón han decidido curarnos de la crisis en la que nos han metido -de lo que estoy convencido y espero poder demostrar en otro momento- con remedios de birlibirloque que sólo los cándidos siervos que hoy constituyen el pueblo se pueden creer.
¿Cómo es posible que una crisis financiera ligada a la sobrevaloración de activos se solucione con déficit?¿Deber aun más dinero, sin respaldo alguno de riqueza, sin activo subyacente a ese dinero?¿Dinero que sólo es papel?
Eso no se le ocurre ni al peor de los chamanes. Es retroceder a la edad de piedra de la economía, lo que no es más que un signo de lo maduros que estamos para volver al feudalismo. Nadie sabe nada. Todos se dejan hacer. Como corderitos en la fila del horno crematorio, vamos hacia el abismo confiando en unas élites corruptas que solo buscan perpetuarse en el poder, y sólo saben hacerlo timando, estafando y engañando.
¿Merecemos ésto?

jueves, marzo 26, 2009

CAMINO A AUSCHWITZ

El escritor, articulista y profesor universitario, Arcadi Espada, participó hoy en un foro abierto en la edición digital del diario Avui. Mientras Espada contestaba a algunas preguntas e intentaba argumentar su posición, de sobra conocida, el editor de la citada edición digital del periódico dejó espació ilimitado, libre de moderación, para que cuantos quisieran dejaran, bajo la impunidad del anonimato, su opinión sobre la intervención de Espada.

Según transcribe José García Domínguez en un artículo en Libertad Digital, se pudieron leer más de ciento cincuenta comentarios del siguiente tenor:

"Esta panda de charnegos españoles y renegados, esta chusma de delincuentes sólo entiende el lenguaje de los coches bomba y los tiros en la nuca". "Vete de aquí que estás infectado del virus castellanufo, a ver si agarras una enfermedad venérea y te la cortan". "Capullo de mierda, a ver si un día, sea por accidente o por agresión, te cortan los cojones". "Cerdo hijo de promiscua". "Charnego rencoroso y renegado". "En Cataluña sobras". "Si me lo cruzo le soltaré cuatro hostias bien dadas y le someteré a mi ley, y después si se queja le diré que su estatus no es de nación...". "Estos sólo entienden una cosa...". "Hijo de rata español". "Lerrouxista hidrofóbico". "Ideólogo del exterminio (de momento cultural)". "Vuelve a tu país". "Mucho hablar para no hacer nada. No hay cojones. Enviemos España donde se merece". "Indeseable, quedará colgado en su propia mierda".

"Muerte al charnego". "Por favor, inmigrantes españoles: volved a España y dejad de pisar nuestro maravilloso país que es Cataluña. Repito: marchaos!!!!". "Prostituta ideológica y cultural". "Sois muy inferiores y lo sabéis, de ahí vuestra rabia. Id preparando las maletas porque cuando tengamos un Estado propio las deportaciones de colonos españoles serán masivas". "Yo opino que habría que hacer como antiguamente: los traidores a la horca". "Grano de pus podrido"."Escoria viviente". "Más ignorante que los africanos". "Xenófobo". "Que una persona se tiña tan vistosamente el pelo, para mí, es que alguna, o muchas cosas, tiene que esconder". "Prevaricador". "Gusano". "Demonio". "Intelectual"

Esos son los hijos del nacionalismo. Esa es vuestra “nación”, sinceramente os la merecéis. Os la habéis ganado a pulso. La habéis incubado con cuidado y delicadeza. Con paciencia, esperando que el fruto fuera el adecuado, aguardando a que ese huevo de la serpiente eclosionara para mayor gloria de vuestra “Nació catalana”. Ahora ya tenéis lo que siempre habíais deseado: “Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer”. Y por supuesto: Catalunya “Judenrein”.

Enhorabuena.

Fue un acierto que el comprensivo editor decidiera no moderar los comentarios, dejar abierto a la libre expresión el espacio del diario Avui (subvencionado por la Generalitat de Catalunya), dejar a una persona intentar argumentar algo frente a una jauría de animales, de bestias. Nunca algo pudo ser más claro, más explícito, más evidente: Que esa infecta religión que profesáis, no produce sino odio, no gobierna sino salvajes, siervos.

Probablemente muchos de los intervinientes no harían aquello que el anonimato les animó a escribir, no se atreverían, ¿o te atreverías tú, que estás decidido a “soltarle cuatro hostias”? ¿Te atreverías tú, que clamas “muerte al charnego”, a dispararle un tiro en la nuca al señor Espada? Supongo que no, ¿o sí?

Os escondéis bajo un seudónimo, mostráis sin pudor vuestra ignorancia vertida en carretadas de heces, único destilado que vuestro intelecto es capaz de segregar. ¿Alguno de vosotros sería capaz de escribir algo firmando con nombre y apellidos?

Al fin y al cabo quien insulta está protegido por la turba, quien jalea lo hace al abrigo del la masa, quien tira la piedra lo hace sabiendo que nadie le dirá nada; y quién dispara lo hace siempre con un pasamontañas.

Existe un camino que lleva a Auschwitz, ese camino es nítido y preciso, también largo, pero está embaldosado de actitudes, decisiones, omisiones… Sobre todo omisiones, como las vuestras.

No merecéis que siga, no merecéis que siga malgastando mi tiempo con vosotros.

Per cert, el meu nom es Carlos Sebastián Sáez, i soc de València.

miércoles, marzo 11, 2009

QUE TU ESPADA CAIGA SIN FILO


Es posible matar dos veces. La primera arrebatando la vida de alguien; la segunda borrando su recuerdo, e incluso su nombre.

Es entonces cuando la víctima deja de existir, se desvanece en una vaga imagen que borra la marea del tiempo. Nada.

Pero los muertos no olvidan, solo ellos tienen memoria.

El tirano Ricardo III aguarda en su tienda la noche antes de la batalla que pondrá fin a su sangriento reinado, sabe que todo está en su contra, pero ha decidido combatir y espera que en una última jugada del destino pueda conservar un poder usurpado a base de traiciones y asesinatos. Está cansado, sabe que al alba comenzará una jornada decisiva, pide que le dejen solo, consigue dormir, y sueña. Pero ese último sueño de Ricardo no consiste en imágenes tranquilizadoras, ni en negros pozos de tiempo que mitiguen su impaciencia, sino que como conjurados, se le aparecen los espectros de todos aquellos inocentes que murieron por su causa. De manera sobrecogedora, cada uno de ellos maldice a Ricardo, y le desea su muerte en la batalla que se avecina. Todos acaban su parlamento diciendo más o menos lo mismo:

Mañana en la batalla piensa en mí

Y que tu espada caiga sin filo

Desespera y muere.


Algún día, no sé cuando, los muertos hablarán.

Preguntarán por qué su muerte no fue recordada, por qué muchos prefirieron olvidar, por qué aquellos que invocaron su recuerdo no quisieron saber nada de ellos.

Y dirán –nos dirán- que aquel dolor no tuvo ningún sentido, las manifestaciones, las concentraciones, los llantos compungidos, los gritos de rabia. Aquellos tres días de furia, de qué sirvieron, aquellos tres días de ira a quién sirvieron.

Y preguntarán –nos preguntarán- qué hicimos para vengar su muerte, quiénes defendieron su recuerdo, por qué no hicimos justicia. Era tan fácil –dirán- nosotros fuimos las víctimas, de qué sirvió nuestra muerte, si vosotros, los vivos, no hicisteis nada.

Y se nos aparecerán sin avisar, mostrando sus heridas y pidiéndonos cuentas, diciendo que fueron ellos los que estaban en aquellos trenes, pero que pudimos ser nosotros; preguntando si nuestra miseria política merecía la pena de su sacrificio

Preguntarán: ¿Y tú? ¿Qué has hecho? ¿Por qué nos habéis olvidado?

Ese día yo sentiré asco… y vergüenza, Seré incapaz de mirarme al espejo. Seré incapaz de contestar.

Otros, hombres sin rostro, sin alma, huirán sin saber a dónde ir. Viles que se sirvieron de todo aquello para sus medros, para sus honores. Aquellos que lloraron y reían por dentro, aquellos que sabían que todo iba a cambiar.

Pero los “Ricardos” de esta historia (¿Quiénes son? ¿Quiénes?) verán como las víctimas se les aparecen en la oscuridad de un último sueño. Les maldecirán, les recordarán todo aquello, les señalarán; su recuerdo será para ellos una condena que les acompañará el resto de la vida, una mancha indeleble que hará pública su putrefacción, su miseria. Los muertos harán que sin filo caiga su burda espada.

Una nación que olvida, no es una nación. Una nación que no hace justicia, tampoco.

Ya solo espero a saber, a no olvidar. Para poder responder algo a los muertos. Porque los muertos vendrán, ellos nunca olvidan.